Tuesday, April 19, 2005

EL BALCON

Desperté en medio de la noche y no estabas a mi lado. Miré el reloj y pasaban diez minutos de las tres de la madrugada. Tu lado de la cama se encontraba vacío, aunque aún guardaba el calor de tu cuerpo. En la habitación solo se escuchaba el rumor del ventilador que, incansable, giraba y giraba sus aspas. Me quedé unos minutos escuchando por si algún sonido me daba pistas de dónde podrías encontrarte. El silencio fue la respuesta a mis pesquisas. Preocupado decidí levantarme a buscarte.

El aire era más cálido en esa noche de verano fuera de la habitación refrescada por el ventilador. No estabas ni en el baño ni en la cocina. Subió mi preocupación. Ésta se disipó al llegar al salón. El balcón, situado al final de éste, me devolvía la silueta de tu dulce figura.

Me quedé mirándote sin hacer notar mi presencia. Tu cuerpo estaba cubierto por una de mis camisas que habrías cogido. Debajo de ella no había prenda alguna. Tu gusto por dormir desnuda, ya fuera verano o invierno, era una delicia para mí. Tu bello rostro, alumbrado por las farolas, se veía dulce, como de costumbre. Tus ojos verdes brillaban con luz propia en la noche que, a pesar de que no me miraban, los intuía. Tus gruesos labios se veían sumamente deseables. Tu melena oscura se confundía entre las sombras.

Siempre me pareciste muy sexy vestida con mis camisas. Con dos botones superiores desabrochados se adivinaba el comienzo de tus pechos. Te cubría hasta poco más abajo de tus nalgas, que se veían incipientes al estar reclinada sobre la barandilla del balcón. Bajo ellas se descubrían tus preciosas y torneadas piernas a pesar de la penumbra.

Salí al balcón e hice notar mi presencia. Te asustaste en primera instancia pero enseguida vi una sonrisa de respiro dibujándose en tu rostro. Una leve brisa corría haciendo que el ambiente fuera más fresco que en el interior del apartamento.

- ¿Qué haces levantada? – Inquirí.
- No podía dormir. Hace demasiado calor ahí dentro – Fue tu respuesta.
- Me asustaste al despertarme y no encontrarte – Te decía mientras mis brazos te rodeaban apoyando tu espalda contra mi pecho.
- No era mi intención, cielo. Solo buscaba el frescor de la noche. – Y tu cabeza se volvió para buscar mis labios.

Fue uno de esos besos lentos que se disfrutan desde el primer roce de los labios. Nuestros labios se fusionaron y mi lengua se coló entre tus dientes para explorar tu boca, que no por conocida dejaba de ser excitante. Nuestras lenguas bailaron escurriéndose despacio la una sobre la otra.

Mis manos estaban acomodadas en tu vientre. Desde allí tomaron caminos divergentes. Una subió hasta tu pecho. Primero los acarició por encima de la tela para posteriormente adentrarse dentro de ella, después de desabrochar un nuevo botón. Tus pezones ya estaban duros. Su tacto exquisito siempre fue mi deleite. Mis dedos se afanaban en uno de ellos disfrutando de su textura. Tú también disfrutabas de esas caricias.

Mi otra mano había bajado por tu cintura para dirigirse a tus glúteos. Levantado solo un poco el final de mi camisa pude acariciarlos sin problema. Primero con las yemas de mis dedos, recorriendo despacio tu sensible piel, que notaba se erizaba por momentos. Después llené mis manos de tu carne, agarrando lo que podía y dejando que resbalará entre mis dedos. Más tarde empecé a jugar con mis dedos por la línea que separa tus glúteos. Así lo hice hasta alcanzar tu ano, el cual acaricié lentamente, haciendo círculos sobre él.

Mi boca había abandonado la tuya, que se mostraba abierta y emitiendo leves gemidos. Habías echado para atrás la camisa y ahora tus hombros se mostraban desnudos al igual que tus pechos, que habían abandonado ya el cobijo de la tela. Mi mano se hacía cargo de ellos, llenándolos de suaves caricias que, a veces, se acompañaban de leves pellizcos en tus pezones.

Mi boca recorría tu cuello arrastrando mi lengua por él. Lamí el lóbulo de tu oreja y tu respiración se agitó aún más. Llevé la mano que disfrutaba de tus nalgas a tu boca. De inmediato tus labios se cerraron dejando mis dedos a merced de tu boca. Cálidos y empapados salieron de ella y de esa guisa los devolví a tu ano. Lo acaricié mojándolo con la humedad de tu boca. Se fue dilatando para que, poco a poco, uno de mis dedos se fuese abriendo camino por él para ganar tu interior.

- Me vuelves loca, ¿lo sabías? – Su voz era un susurro con tono de placer y lujuria.
- Me encanta hacerlo – Dije dejando escapar de mi boca el pezón que había empezado a degustar.

El sabor de tu pezón es difícilmente describible. Sabe a vino dulce mezclado con un sabroso jamón ibérico. O así imaginé siempre que era, ya que esos eran los manjares que más me gustaba saborear en mi boca; tus pezones habían hecho que pasasen a un segundo lugar.

Era tan suave que parecía derretirse en mi boca. Mi lengua lo recorría sin parar. Te volviste. Mi dedo abandonó tu ano. Te acomodaste apoyando la espalda sobre la barandilla del balcón y levantando una pierna para llevarla a un asiento cercano, dejándola flexionada mientras la otra se apoyaba en el suelo, mostrándome así tu sexo húmedo y cálido cuando la camisa dejó cayó al suelo.

Mi boca volvió a tu pecho para dar cariños al pezón que estaba huérfano de mi saliva. Mi mano buscó aquel sexo que me mostrabas ansioso de atenciones. Mis caricias fueron recibidas con un escalofrío que recorrió tu cuerpo. Los labios, esos que conforman tu sonrisa vertical, estaban húmedos y cálidos. Mis dedos se deslizaban entre ellos. En tu vagina se acomodaron fácilmente. Primero entró mi dedo corazón. Después fue el índice. Se movían dentro de ti mientras mi pulgar encontró tu clítoris para frotarse contra él.

Tu cara era el reflejo del placer que sentías. Estabas abandonada a él. En medio de tanto gozo tu mano buscó mi entrepierna. Encontraste mi sexo erecto debajo del bóxer, que conformaba mi único vestuario en aquella noche calurosa. Lo liberaste de aquella prisión y empezaste a masajearlo. Mis ojos miraron los tuyos. Vi el placer en ellos.

- Nos pueden ver - Acertaste a decir entre jadeos.
- ¿Prefieres que entremos? – Fueron mis palabras al responderte.
- No, me excita estar aquí, así contigo – Contestaste con pícara sonrisa
- Pues prosigamos. Por cierto, te quiero – Dije en un susurro en tu oído.
- Y yo a ti, mi vida – Quise entender entre tus gemidos.

Abandoné tus caricias para arrodillarme ante ti. Antes hice que el bóxer acompañara a la camisa. Los dos desnudos en aquel balcón disfrutábamos de nuestros cuerpos. Yo besé tu vientre, tan deseable y bonito como el primer día que te vi. Seguí besándote bajando por tu pubis desprovisto de vello.

Tú sexo palpitaba cuando mi lengua lo empezó a recorrer. Olía a pasión y deseo. Su sabor indicaba lo mismo. La punta de mi lengua lo lamía despacio. Sentía tu respiración expectante ante lo que pudiera hacer. Me deslizaba lentamente entre aquellos labios tan deseables hasta alcanzar tu clítoris.

Una vez en él empecé a chuparte desesperadamente. Mi lengua se movía con frenesí y de tu boca escapaban constantes gemidos. Mis dedos volvieron a ocupar tu vagina y se movían al compás de mi lengua. No tardó tu cuerpo en sentir las contracciones que le provocaban el placer. Recibí tu néctar de placer en mi boca y fui bebiéndolo despacio mientras tu respiración volvía a tranquilizarse.

Te sentaste en aquella silla donde antes apoyabas tu pierna. Pensé que era porque tus piernas no te sostenían pero enseguida comprobé que tus intenciones eran otras a las de descansar. Agarraste mi pene enhiesto y tu lengua lo empezó a lamer. Lo recorrías desde la base hasta su punta, quedándote en ella jugueteando. Poco después todo mi glande desapareció dentro de tu boca. Su calidez me llenó de placer. Fuiste engullendo más hasta que todo mi pene estuvo dentro de ti.

Tus manos manoseaban mis testículos ávidos de tus caricias. Me llevabas al mejor de los paraísos. Mis manos mesaban tus cabellos enredándose mis dedos en ellos. Después de que mi miembro entrará y saliera de tu boca repetidas veces decidiste chupar mis testículos. Tu mano me masturbaba mientras los chupabas como si fuesen enormes caramelos.

- Te quiero sentir dentro – No sé si era una orden o un deseo
- Yo también quiero estar dentro de ti – Efectivamente era así
- Ámame – Ahora sí era una orden.
- Siempre lo hago, princesa – Y mis labios se unieron a los tuyos.

Te levantaste para cederme el asiento. Me senté y tú hiciste lo propio sobre mí, ofreciéndome tu espalda. Agarraste mi pene para acomodarlo dentro de ti. Primero sentí como lo frotabas entre los labios, como lo apoyabas contra tu clítoris para, al fin, hundirlo en tu vagina por completo al quedarte sentada en mí.

Besaba tu espalda y mi lengua lamió tu columna. Mis manos se apoderaron de tus generosos pechos. Sentí tus oscuros y grandes pezones otra vez excitados en mis manos. Te movías despacio, haciendo círculos con tu cuerpo sobre el mío. Una de mis manos descendió por tu vientre hasta tu entrepierna. Acaricie los labios que abarcaban mi miembro y mis dedos se humedecieron. Luego los llevé a tu clítoris para dejarlos allí, frotándote para hacer crecer tu gozo.

Aumentaste el ritmo de tus movimientos y nos invadieron oleadas de placer que nos hacían gritar. No sé si alguien se asomó a mirarnos, pero seguro que muchos nos escucharon. No podíamos contenernos. Nos dejamos llevar por el deseo. Cabalgabas en mí y en cada embestida mi pene salía casi por completo de ti. Mi mano intentaba no separarse de tu clítoris para proporcionarte mayor placer.

Sentí como tu vagina se inundaba a la par que tu vientre se contraía y tu voz se desgarraba en gritos de placer. Al sentir ese calor y esa humedad en tu interior no pude más. Me derramé dentro de ti. Tu placer se unió al mío. Tu cuerpo se fundió con el mío. Mi alma tocó la tuya. Te recostaste sobre mí y tu cabeza giró para buscar mis labios. Mis manos recorrían tu vientre y tus muslos sin salir aún de ti.



La luz del sol me despertó. Aún estaba desnudo en el balcón. Tu estabas encima mía también desnuda, acurrucada y abrazada a mi cuerpo, con tu cabeza sobre mi hombro. Dormías. Te cogí entre mis brazos y te llevé a la cama. Tus bellos ojos se abrieron.

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